Marbella Díaz Wever
Hay una voz interior que no tiene líneas, ni letras, una voz silente que te susurra y te conecta con el alma.
Escuchar esa voz interior es contactar con los pensamientos, emociones y sentimientos.
Una voz interior que nace de las profundidades de nuestras creencias y que está conectada con la consciencia espiritual y universal.
Una voz que nos ha acompañado desde nuestra vida intrauterina circulando suavemente al compás del cordón umbilical y bañada con la fragancia del líquido amniótico.
Un sonido conciliador que nos consuela y acaricia en momentos de soledad, tristeza, enojo.
Esa voz nos dice cuándo marcharnos y cuándo detenernos, cuándo ser empáticos y congruentes, cuándo revisar el viaje emprendido y los obstáculos superados ante las exigencias de los caminos transitados.
Lev Vygotsky (1896 – 1934), psicólogo, seguidor de las ideas de Piaget pero con orientación socio cultural, comenta: “Empezamos a hablar con nosotros mismos desde los 3 años, en el momento en que aprendemos a integrar el pensamiento y el lenguaje, que hasta entonces funcionan como fenómenos separados y lo hacemos para darle sentido a la actitud personal ante nuestro mundo interior. Por eso, debemos tener cuidado al elegir el tono y las palabras empleadas para analizar, animar o reflexionar nuestro ser interior de manera de no auto-destruirnos ni sabotearnos”.
Cuando interiorizamos el diálogo y la voz interior, obtenemos fuerza y contentura ante los retos.
Muchos pueden pensar de ti lo peor, pero al fin y al cabo es la realidad de ellos no la propia.
Ellos saben tu nombre, pero no tu historia, no han vivido en tu piel, ni han calzado tus zapatos. Lo único que los demás saben de ti es lo que tú les has contado o lo que han podido intuir, pero no conocen ni a tus ángeles ni a tus demonios.
Aquellos que dan su opinión sobre ti, sobre tu vida y sobre tus decisiones, muchas veces lo hacen a tus espaldas, sin tu aprobación. Suelen ser individuos opinionáticos, malintencionados y carentes de criterio, cuyo único objetivo es hacer daño, menospreciar y disfrutar del pesar ajeno.
No saben que es difícil escapar de la Ley del Espejo.
Generalmente, es gente con baja autoestima que no se acepta a sí misma, por lo que difícilmente pueden aceptar a los demás. Estas personas ponen etiquetas que reflejan la realidad de cómo se sienten ellas mismas, proyectando así sus heridas emocionales.
Todos vinimos a este mundo para aprender, dejar huellas, cometer errores y purificarnos de manera favorable.
Marbella Díaz Wever
Licda. Educación/Orientación
Locutora UCV – Articulista Opinión