viernes, abril 4, 2025
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Ligero equipaje | En memoria a Dilcia C. Palavicini Soto [+]; por Marbella Díaz Wever

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Marbella Díaz Wever

El poeta Rafael Gutiérrez, citó: “La vida a veces duele, a veces cansa, a veces hiere, no es perfecta, no es fácil, a veces no es justa, no es eterna, pero a pesar de todo la vida es hermosa”.

En estos últimos años, alrededor de 8.000.000 de venezolanos han emigrado por todo el globo terráqueo buscando mejorar su calidad de vida, otras oportunidades de estudio, trabajo, salud y sustento económico para los familiares que han dejado en el país.

Los desenlaces a veces han sido dolorosos, sin mencionar el tiempo de Pandemia donde muchos migrantes perdieron la vida con la esperanza de volver a la patria subsistiendo en otras latitudes.

El venezolano no se imaginó vendiendo sus pertenencias materiales para el pago de transporte aéreo o terrestre, pagar abogados para arreglar los documentos y hasta tener que hacer “maromas” o “matar tigritos” para complementar los costos y satisfacer sus necesidades básicas, cuando en Venezuela conquistaron un título universitario, gozaban de estabilidad laboral, seguro de salud y los ingresos adquiridos permitían el ahorro para emergencias imprevistas.

La estampida aún no se ha detenido y aunque muchos desean volver a estrechar los brazos de sus seres queridos, la situación país es de incertidumbre.

Esta narrativa constituye la historia vivida por Dilcia Coromoto Palavicini Soto, porteña de nacimiento, miembro de una respetable familia con cimientos religiosos, quien por muchos años hizo carrera dentro de la empresa Pequiven, llegando a ocupar destacados cargos dentro de la Directiva PDVSA-Caracas hasta su jubilación.

Un 22 de marzo de 2018, emprendía viaje con un ligero equipaje hacia Norteamérica en busca de nuevos horizontes que le permitieran seguir ayudando a su familia.

El país que goza del eslogan “Sueño Americano”, despertó en ella una verdad “sin Disney” y algo parecido a Esclavos Unidos pues la razón cobró sentido cuando tuvo que trabajar sin parar día y noche.

De mañana hasta la tarde en la cocina de un Hotel de Miami, después en un Warehouse empacando prendas y en la noche limpiando oficinas o haciendo tortas para mantenerse y  amparar su linaje con soporte económico.

Durante cinco años y siempre aferrada a su fe católica, Dilcia se mantenía, disfrutaba y extendía su mano amiga a quien le fuera necesario.

En su ciudad natal Puerto Cabello, perteneció a la Cofradía del Santísimo Sacramento y a la legión Coromotana, además de ser Ministro en la Iglesia.

Esa comunión espiritual le ayudó durante su permanencia en el país de los 50 estados;
hasta que un malestar físico la llevó a realizarse estudios médicos detectándose una penosa enfermedad. El 15 de Noviembre del 2022 era intervenida quirúrgicamente con un diagnóstico nefasto para sus esfuerzos, sueños, motivaciones y nuevas ilusiones.
Todo comenzó a desplomarse.

El 23 de marzo de este año en curso, retornaba al país para pasar los últimos días de su vida junto al resto de su abultada y entrelazada familia.

Todos la recibieron con los brazos abiertos, brindándole ayuda, bienestar emocional y apoyo espiritual.

La mujer de fe comenzaba a titubear al tener que enfrentar las sombras oscuras de su propio viaje.

El lunes 24 de julio de los recientes, Dilcia Coromoto, cerraba sus ojos y su alma emprendía el viaje a su estrella de luz.

Atrás quedaron los trámites de papeles para el asilo pero también quedó el entusiasmo y ánimo de una mujer que a pesar de las dificultades buscaba un camino de esperanza y luz para su ser con una tercera tercera edad a cuestas.

Tristemente no logró cristalizar sus metas, no en vano Dios le premió con la dicha de morir en su terruño, en su lecho materno y rodeada de sus hermanos y amigos fraternales.

El día de su funeral pensé en plasmar este escrito mientras escuchaba la misa ofrecida por su hermano el presbítero César Palavicini, vicario de la Diócesis de Puerto Cabello en la Iglesia La Coromoto, pero también imaginé el vaivén que cada venezolano vive en las travesías convertidas en letanías desde los diferentes puntos cardinales donde se encuentra.

Ella regresó a la fuente por el mismo camino para morir en la ciudad donde nació, creció, estudió y se hizo mujer, un terruño con olor a salitre y el privilegio de contar con un acervo histórico yuxtapuesto por el puente de una calle emblemática enclavada entre ruinas, espumas y olas.

Al buen entendedor pocas ceremonias, porque sólo Dios basta.

Descansa en la Paz del Señor amiga.

Con un ligero equipaje se va a la Gloria.

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